La humanidad ha avanzado, no debido a que fue sobria, responsable y cauta, sino porque ha sido juguetona, rebelde e inmadura.
Alcanza con saber que las cosas importantes desaparecen cuando se las nombra,
que el silencio es la peor mentira,

y que hay que desconfiar de las palabras, emputecidas por el uso.





Todo cabe entre llaves y paréntesis.
Las alegrías encerradas entre exclamativos.
Y seguidas de puntos suspensivos, las ausencias.







Quién iba a pensar que después de tanto discurso, de tanta enseñanza, de tanta pirotecnia, iba ser más lindo, más sonriente y más sincero lo proveniente del margen, de lo simple, de lo sencillo.
De lo espontáneo.







No se anuncia, ni se adivina en cartas, ni se tacha en los calendarios…
Apenas bastó un eco para darme cuenta de que la vida solamente va bien o va mal durante un rato. 
Y luego empieza a ir de otra forma.








Sentí lo que sentimos cuando alguien muere:
el lamento, ya inútil, de que nada nos hubiera costado ser más buenos.