La humanidad ha avanzado, no debido a que fue sobria, responsable y cauta, sino porque ha sido juguetona, rebelde e inmadura.
Mientras haya futuro por delante fluye muy bien el presente.
Un lector poco entrenado es una persona prejuiciosa, un turista que siempre pregunta si el agua corriente es potable o los taxistas son honestos. Alguien que en su inexperiencia sólo espera que los trajes de la ficción se ajusten lo mejor posible a las medidas de su cuerpo real. Para ellos el libro es un objeto incómodo, algo que necesita sostenerse. 
Los lectores consecuentes, por lo contrario, prefieren comparar lo que están leyendo con lo que han leído, con una forma alternativa y válida de la realidad en la que el libro es siempre una puerta.
Ahora ya no pienso –como pensaba antes– que los escritores son esos seres implacables capaces de captar con una mirada la esencia secreta de un ser humano para recién entonces ponerlos por escrito. Ahora comprendo que, en realidad, la maniobra es opuesta y es inversa: un escritor siempre se equivoca al juzgar a una persona y es este error es el que permite la creación del personaje correcto.
…en algún sitio leí que, una hora antes de su ejecución, un condenado a muerte decía o pensaba que si hubiera tenido que vivir en lo alto de una montaña, en un espacio tan reducido que sólo le permitiera permanecer de pie, rodeado de precipicios, de tormentas, de un océano, de la oscuridad, y la soledad eterna, y quedarse así, de pie sobre una roca, toda la vida, mil años, habría preferido vivir así que morir en aquel momento. 
¡Cualquier cosa con tal de vivir, de vivir, de vivir! ¡Vivir como sea, pero vivir!
La noche nos pone, siempre, en nuestro lugar.